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ANTHONY BOURDAIN, YES CHEF

Murió el insolente de la cocina. Anthony Bourdain se largó de este mundo como quiso y nos dejó alborotados y hambrientos. Así es como recuerdo a mi superhéroe.
Por: Mauricio Sojo Vásquez
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“Yo trabajaba el doble, figurándome que tal vez eso era lo que se exigía: dedicación absoluta. Olvidarse de las personas queridas. Olvidarse del resto del mundo. No hay más vida que esta”

Así describió Anthony Bourdain sus inicios durante los salvajes años ochenta en Nueva York, cuando era un mocoso sin futuro, de jeans y camiseta de Ramones, tratando de sobrevivir entre los pasadizos de una cocina en los que por igual se cruzaba con ratas del tamaño de gatos que con malencarados armados con cuchillos y sartenes. Muchos años después, ese mismo Bourdain, ahora convertido en una celebridad, vendría a sorprender al mundo con el final que le dio a su extraordinaria vida.

Recuerdo que compré mi ejemplar de Kitchen Confidential en la librería de un aeropuerto, y devoré la mayor parte de sus 478 páginas en las cuatro horas que tardó el vuelo. En este libro, publicado en 2000, Bourdain destapó por primera vez la olla podrida del negocio de los restaurantes en Nueva York y todo lo que ocurría en las cocinas: sobornos, golpizas, cucarachas en las alacenas, blowjobs en la trastienda, sexo sucio y descuidado sobre la mesada, mares de Jack Daniel’s y líneas de cocaína del tamaño de cuchillos de chef. Los cocineros, dijo, “son una pandilla de mercenarios inadaptados y barriobajeros, movidos por el dinero y con nefasto amor propio”. Fue escandaloso. Por eso, cuando llegué a la última página cerré el libro y dije en voz baja “oh Dios, qué acabo de leer”.

Su libro fue un best seller, y así Bourdain saltó de la oscuridad de la cocina a la tarima de la fama. De pronto se encontró a sí mismo iluminado bajo esa odiosa lámpara que por igual alumbra a gente como Britney Spears o Paris Hilton. Le llovieron contratos, se llenó los bolsillos y su nombre empezó a juntarse siempre con la frase ‘más famoso del mundo’: el chef ‘más famoso del mundo’. El presentador ‘más famoso del mundo’. El viajero ‘más famoso del mundo’. Pero siempre se le vio incómodo en su disfraz de celebridad.

Fue conocido por su atrevimiento al mostrar las cosas con descaro e insolencia, por poner en su sitio a sus colegas de todas las maneras posibles, por enfrentarse sin miedo al sistema que él mismo describía como anticuado, francamente falocéntrico y muy ofensivo.  Alguna vez expresó que “la gastronomía es la ciencia del sufrimiento. Los cocineros profesionales pertenecen a una sociedad de antiguos rituales cuyos principios derivan del estoicismo frente a la humillación, injurias, fatiga y la amenaza de la enfermedad”.

Tuve la suerte de conocerlo. Fue en Lima, hace diez años, cuando grababa en esa ciudad un capítulo de su show del momento y la producción me invitó a acompañarlo. Gastón Acurio nos recibió en su restaurante Astrid y Gastón, que era para entonces – realmente– uno de los mejores del mundo. La cena comenzó muy normal, con las buenas maneras de la gente que recién se conoce. A media noche, ya agotada la comida, el anfitrión comenzó a sacar las joyas de su cava personal y a pasar coca en diferentes presentaciones: en té, en infusión, en el piscopólitan y todo lo demás. Hasta ahí llegó el recato. Lo último que alcanzo a recordar es a Bourdain encima de la mesa, ya de madrugada, zapateando ebrio y feliz.

Chef Anthony Bourdain, 17 March 2005. SHD Picture by JA

Bourdain lo hizo todo. Escribió novelas y comics, ganó varios Emmys, fue jefe de cocina en la famosa Brasserie Les Halles de Nueva York, tuvo una linda hija a la que llamó Ariane, se casó, se divorció, se volvió a casar y se volvió divorciar, acumuló miles de millas en su plan de viajero frecuente y se hartó de ostras frescas y champagne. Fue director y productor de sus programas, cinturón azul en jiu jitsu, adicto y rehabilitado, se fumó tantos Marlboros como le dio la gana, conoció todos los países del mundo y en esos mismos comió lo que le pusieron en frente. Incluso, cumplió el capricho supremo de decidir cómo se marcharía de este mundo.

A sus 61 años Anthony Bourdain se ahorcó con la cinta de una bata en el baño de su hotel. Fue durante la madrugada del 8 de junio de 2018, en el pueblito francés de Kaysersberg-Vignoble, donde se encontraba grabando un episodio de Parts Unknow para CNN.

Es normal aterrarse con el suicidio, ya que suele ser la desolada opción de los atormentados. De hecho, las noticias de su muerte hablaban de depresión, enfermedad y desesperación. Pero no creo que este fuera el caso de Bourdain. No. Todo lo contrario. Este tipo no podía de ninguna manera morir de viejo, desdentado y seco. No lo podía matar una indigna y larga enfermedad. Él nos tenía que sorprender a todos, no podía dejar de incomodarnos, de asombrarnos, de maravillarnos. Murió tal como vivió: de forma decidida, dramática y espectacular, con insolencia y valentía, para que todos, con la noticia de su suicidio, dijéramos en voz baja “oh Dios, qué acabo de leer”.

 

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