ESTILO

LA SEÑORA DE LA MODA

Alicia Mejía estuvo 20 años al frente de las ferias de moda más importantes del país; se “retiró” y comenzó un destacado trabajo promocionando la gastronomía y las artesanías.
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Juan Silva
Por: Sergio Ramírez
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Y ahora ¿A qué dedica su tiempo? “A mis nietos -responde sin dudarlo-. Tengo seis y quiero que me recuerden como una vacana”. ¿Y qué espera que le hereden? “Espero que hereden de mí, amor y un gran sentido de la justicia y de la rectitud”.

De su abuelo, don Gonzalo Mejía (empresario, aventurero, visionario, creador de la primera aerolínea de América, la Compañía Colombiana de Navegación Aérea, y productor de una de las primeras películas que se hicieron en Colombia, Bajo el cielo antioqueño), Alicia Mejía asegura que heredó la tozudez. “Soy terca como una mula”, reconoce con ese buen humor que no la abandona ni en los momentos más difíciles. “Cuando se me mete algo en la cabeza no duermo; pero eso no es lo peor, lo peor es que no dejo dormir”.

400x600V2Lo ha demostrado, con creces, desde sus inicios. Era 1983 y la joven Mejía, recién casada y propietaria, junto con su cuñada, Maribel Salazar, de la reputada boutique Sábila, en el centro comercial San Diego, en Medellín, decidió montar un desfile de modas en un reconocido picadero de la ciudad. Para abrir el desfile, hizo traer un grupo de caballos blancos y otro de caballos negros. “Tenían que se caballos negros y blancos porque así era como yo los quería”, recuerda.

El desfile, que llamó Sábila 83, atrajo a más de 2.500 personas, hubo rueda de prensa, llegó desde Bogotá Gloria Valencia de Castaño y le confirmó a la nieta de Gonzalo Mejía cuál era su vocación en la vida: hacer cosas grandes.

Durante mucho tiempo, Alicia (que según la periodista especializada Rocío Arias Hoffman “es a la moda lo que Fanny Mikey seguirá siendo a las artes escénicas”), pensó, fervorosamente, que se convertiría en cantante, a pesar de que, hoy reconoce que, con su voz, eso habría sido imposible (“cómo será, que me llaman ‘la ronca de plomo’ de lo feo que canto”).

A los 15 años su papá la subió en un avión y la mandó a conocer el mundo. “Seguramente porque él se educó afuera. Mi abuelo los envió a él y a sus hermanos a Bruselas cuando eran muy pequeños, y después él estudió en una academia militar en los Estados Unidos y era consciente de lo importante que es salir, conocer otras culturas, otras mentes, otras formas de pensar”.

Estudió en un colegio en La Florida (Estados Unidos) y luego en un internado en España. Terminada la secundaria recorrió Europa durante seis meses antes de regresar a Medellín. “Volví muy hostigosa -asegura-. Llegué de Europa creyéndome ‘la más’, hablando con acento y todo. En ese momento, la verdad tenía una vida bastante frívola”.

La joven, perteneciente a una de las familias más destacadas de la ciudad, habría de dar varias vueltas antes de encontrar su camino. Se inscribió a Arquitectura en la Universidad Pontificia Bolivariana (“básicamente porque me enamoré de uno que estudiaba ahí”) y luego, cuando decidió que esa no era su vocación (“no me fue ni cinco de bien”), terminó matriculada en Sociología en la Universidad de Antioquia (en plena efervescencia del movimiento estudiantil de finales de los años 60). “Me creía una chica revolucionaria y pensaba que eso era lo que debería estudiar, pero tampoco”.

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Para entonces ya había entendido que lo de ser cantante no era una opción, así que no parecía tener muy claro su futuro, decidió irse de Medellín y radicarse en Bogotá; allí comenzó a trabajar en la Corporación Nacional de Turismo, se enamoró y terminó viviendo (sin matrimonio previo) con el que recuerda como el primer gran amor de su vida. “Ahora puede que eso sea normal, pero en ese entonces fue un gran escándalo”.

La “señorita de buena familia” comenzaba a develar algo que la acompañaría el resto de su vida: iba a hacer siempre las cosas a su modo. Regresó a Medellín, se enamoró (y esta vez sí se casó) de Óscar Salazar, el padre de sus dos hijos y su mejor amigo, a pesar de que llevan años divorciados, y creó, en sociedad con su cuñada, el negocio que le indicaría el camino que la convertiría en uno de los personajes más importantes para la moda colombiana.

En esa boutique comenzaron a venderse las creaciones de algunos de los diseñadores que, años más tarde, estarían entre los más importantes del país: Julia de Rodríguez, Olga Piedrahita, Pepa Pombo y Toby Setton.

Tras su exitosa aventura con su primer desfile (y con los caballos) Alicia Mejía se convirtió en la mujer que todo el mundo quería en sus eventos, creó Moda colombiana desde Medellín, una de las primeras pasarelas que se hicieron en Colombia; luego, Coltejer, Fabricato y Tejicondor, las textileras más importantes de la época, se unieron para hacer una gira con sus productos por todo el país y Mejía estuvo al frente, así hasta que un grupo de asesores españoles contratados por la Asociación Nacional de Industriales (Andi) para analizar la situación de la industria textil propusieron crear un organismo que “manejara los intangibles del sector”.

La Asociación creó el Instituto para la Exportación y la Moda (Inexmoda), Roque Ospina (quien se desempeñaba como coordinado del sector Textil-Confección en la Andi) fue nombrado director ejecutivo y él llamó a dos mujeres para que lo acompañaran en esa aventura: Clara Echeverry, para que se encargara del comercio internacional, y Alicia Mejía, como directora de mercadeo. “Entre las primeras cosas que pensamos era que teníamos que organizar una feria, como las que se hacían en Europa, con el fin de visibilizar la fortaleza que tenía Colombia en el sector textil confección”.

El resto, como dicen, es historia….

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