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NUESTROS PUTOS BUENOS MODALES

Colombia es un país que le da demasiada importancia a los buenos modales.
Por: Santiago Rivas
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Un país inmerso en su propio arribismo, que está lejos, además, de entender sus problemas desde el núcleo por ponerle tanta atención a las arandelas de los problemas. Y sí, una vez más es el arribismo el que nos hace la trastada, porque esa veneración extrema a los buenos modales, que nos viene desde que un par de hermanos criollos se hicieron los ofendidos con un español para poder desatar una guerra de independencia que podrían haber iniciado así sin más, es la que ahora profesamos por toda la gente querida y bien portada de la vida nacional, sin importar el daño que nos haga o lo mucho que se robe.

 

Los ejemplos son muchos: un paraco enfurecido porque la profesora a la que llamó a amenazar de muerte le habla con grosería; unos congresistas ofendidos con Mockus, que decidió repetir el chiste de bajarse los pantalones y mostrarles el culo para que se callaran (no vamos a entrar a discutir si chiste repetido sale podrido en este caso; yo creo que sí, pero no es el punto); o gente que justifica la muerte de tres grafiteros usando el argumento de que por ser vándalos les llegó la justicia divina. Llegamos al extremo ridículo de justificar la violencia por cuenta de la descortesía, o incluso de lo que consideramos una canallada (como hacer grafitis), pero que de ninguna manera sería una causa justa para agredir a nadie, mucho menos para matarlo.

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Pero no es solamente nuestra absoluta ineptitud política la que nos lleva a ponderar si acaso un candidato a cualquier cosa es idóneo por ser cordial y bien educado. Es también nuestra incapacidad para empezar cualquier tipo de cambio por miedo a pasarnos de la raya imaginaria que algún imbécil filipichín conservador o algún liberal de “buena familia” nos dibujó un día. Olvidamos demasiado a menudo que para lograr cambios en este planeta lo último que hay que tener es respeto por las formas.

Si de buenos modales y civismo se tratara, Rosa Parks se habría sentado siempre en la silla de los negros, y Mandela habría muerto como preso político, o peor, como un imbécil incapaz de contrariar a nadie o de tomar partido, siempre predicando el civismo, en los límites aceptables de la inconformidad.

Colombia ha sido históricamente uno de los caldos de cultivo más propicios para la ridiculez del aspaviento fácil. Con cualquier cosa nos sentimos agredidos y ofendidos, más por estética que por ética. Y claro, las formas son importantes y sabemos (o deberíamos) que lo estético es importante, pero es necesario recordar que la esencia debe seguir pesando más que el envoltorio.

No quiero con esta columna propiciar la absoluta descortesía, para nada. No tiene nada de malo que en el común de nuestros días nos manejemos como gente cordial y amable, siempre y cuando sepamos, primero, tratar bien a todo el mundo, y no hacer distinciones de clase, apariencia, raza ni nada; y segundo, saber cuándo hay que pasar de ser una persona amabilísima a mandar a todos los imbéciles que se lo merezcan a sus tres mierdas. Así también se hace país.

 

 

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