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EL AMIGO FIEL “ENGALLADO”

El carro es una impresión digital de nuestra huella social, de gustos y vanidades.
Por: Santiago Rodríguez
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Santiago Rodríguez

Conducir un carro se ha vuelto un acto de reafirmación social, una manera de mostrar la hoja de vida sin cargar el papel en la mano. A muchos, la comodidad los tiene sin cuidado. No les importa que, siendo pequeños de estatura, seguramente estarían mejor en un automóvil compacto; no, ellos prefieren encaramarse a una ostentosa camioneta  donde no llegan a tocar los pedales ni a ver más allá del capó.

El carro es una impresión digital de nuestra huella social, de gustos y vanidades. Hay quienes aseguran que, si no saben manejar, “Dios es su copiloto”, en una estampa de San Cristóbal que brilla en una notoria calcomanía pegada al bomper; otros prefieren colocar atrás (visiblemente) un casco de arquitecto (en vez de unas ramas de eucalipto para ambientar el carro); porque uno es lo que muestra, no lo que huele…

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También se estila encargarle a la tía que vive en Estados Unidos una calcomanía de cualquier universidad gringa y pegarla en el vidrio trasero. Entre más enredado sea el nombre, mejor; no se ponga a decir que es de Harvard para después caer en la vergüenza, como Peñaloza y Duque (y eso que ellos no tuvieron tiempo de poner la calcomanía).

Otros lucen en sus autos placas de países europeos como Francia, Alemania, el ducado de Luxemburgo etc., y apenas uno logra sobrepasarlos y mirar a sus conductores, se da cuenta de que es más probable que sean oriundos de Tibaitatá que del otro lado del charco.

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Eso sí, por favor evite que su amiga, novia o esposa pongan un gato de peluche acostado o el Giordano de ojos “aguapanelosos” (no hay cosa más loba que eso). Mejor las hojas de eucalipto, ahí está…  Ah, y si tiene “bebé a bordo”, limítese a poner el conocido rombo amarillo, y no el personalizado con maravillas como: “Yuleiny a bordo” o “Jesion Nikolás a bordo”…, menos es más, recuerde.

Si es finquero y ama el campo, no cuelgue del retrovisor la silla de montar, el miniponcho y el sombrero aguadeño, y si es amante del vallenato mejor guarde la mini mochila arhuaca; tampoco es recomendable la calcomanía del sombrero vueltiao que dice: “Ajá soy costeño, y qué”.

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Ya vimos que por estos lares los carros (como los perros) adquieren la personalidad de su dueño y, en realidad, cada quien tiene derecho a hacer de su automóvil un florero; eso sí, si tiene el tiempo y la disposición para convertir su carro en una chiva ¿por qué no aplicar la misma disposición a respetar las leyes de tránsito, tener paciencia en los atascos, dejar pasar si le hacen luces, no provocar trancones o no salir como asesino a manejar? Así todo seríamos más felices. He dicho.

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