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TREN DE LA ANSIEDAD

La historia reciente del fútbol colombiano está repleta de episodios en los que algún periodista declara, sin ningún fundamento, que nuestra selección va a ganar.
Por: Santiago Rivas
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Siempre hay un idiota que, cuando se hace una polla para apostar en un partido de la Selección, lo hace en contra de Colombia. Otro ser despreciable es el que, sin apuesta de ningún tipo, le hace fuerza en contra a la Selección. “Traidor”, “avenegra” y “votantedelno” son algunos de los epítetos para los que, por lógica, agüero o lo que sea, apuestan contra los nuestros. Pero son los del lado opuesto los que más penas nos han traído. Cualquier derrota es más dura cuando se mira desde la lente del triunfalismo.

El más mamón de todos los acompañantes a la hora de ver fútbol es el falso profeta que empieza por: “¿listo para los tres que le vamos a empacar a esos perros?”, o el que, cuando alguno de los nuestros pisa el área rival, empieza a profetizar: “Acá fue, píllelo, acá fue…”, o el que grita gol cada vez que alguien hace un tiro al arco, con su consabida ola de sal, que malogra hasta los goles hechos.

Imagen relacionadaEn Colombia, ese acompañante tan pesado suele ser el locutor o el comentarista de los partidos. O ambos. La historia reciente de nuestro fútbol está repleta de episodios en los que alguno de ellos declara, de la nada, que nuestra selección va a ganar de manera rutilante, solo para que todos presenciemos una derrota o un empate mortal y los mismos bocones de antes empiecen a buscar responsables, cuando tantas veces son ellos mismos.
Si no bastó como lección el 9-0 que alguna vez nos metió la preolímpica de Brasil en medio de nuestra vanagloria ridícula, nada ha de bastar. No solo se trata de Hernández y Fernández, que a menudo acompañan a la Selección.

Muchos caen en la fanfarronería. El punto es: ¿Por qué lo hacen?, y de paso, ¿para qué? Después de reflexionar se me ocurren posibles razones. La primera ya la mencioné: nadie quiere al que apuesta contra nuestro equipo y se entiende que los medios quieran apelar a lo positivo. La segunda es que seguro la mayoría prefiere el optimismo ciego, como se ve en las transmisiones previas al partido, en las que los hinchas que acompañan a la selección gritan, cada uno de ellos a cual más triunfalista, que vamos a acabar con el que sea. A lo mejor es una minoría la que
detesta el exceso de positivismo.

 

Quizá buscan canalizar energía positiva, pero creo que la razón verdadera es ansiedad. Ser triunfalista es muy distinto de ser optimista: ¿para qué esa verborrea gratuita?

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El problema no es solo que los periodistas se sientan ansiosos, o que aprovechen la ansiedad para mantenernos exaltados y así vendernos camisetas, balones,gaseosas, cervezas e incluso su propio trabajo, todos como voces que en cada país están convenciendo a los hinchas de que su selección es invencible (claro, nadie le compraría nada a una marca que saliera a decir: “perdamos por poquito”).

El problema real es que esta ansiedad tiene consecuencias, que la gente llama “salar al equipo”: a los jugadores les llega esta ola de angustia colectiva, convertida en predicciones triunfalistas que ellos mismos se creen, y así juegan. Los que mejor lidian con esto juegan mejores mundiales, pero pocos tienen el carácter.

Tal vez seamos impotentes ante esta ola de fantochería, pero nuestra obligación como público es presionar para que todos nos bajemos del tren de la ansiedad.

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